En el gran escaparate del mundo de la oferta y la demanda todo es comprable y vendible y todo es sucedáneo o remedo de cuanto la Vida supo y puso antes de que se nos ocurriera necesitar lo innecesario. Hoy, la voz global, pregonada a través de los aparatos de televisión, cada vez más grandes y multifuncionales, anuncia una verdad postiza que consumimos por anhelo, miedo o costumbre, como si de una mala gripe se tratara. Pero, como toda enfermedad estacional, un día pasará, y entonces los noticieros ya no publicitarán la muerte, la violencia y la destrucción; los bancos devolverán al pueblo su dinero robado; la famosa mano invisible de la economía se inmovilizará por artritis reumatoide; las prisiones y los manicomios serán cerrados y a sus huéspedes les será devuelta la oportunidad de comprender por qué se convirtieron en aquello que llegaron a ser, porque habrán dejado de serlo; no habrá pobres porque habremos entendido que todos somos cada uno y sabremos compartir; tampoco habrá ricos porque el dinero tendrá fecha de caducidad; el cuerpo dejará de ser un objeto estético y erótico; sabremos disfrutar del acto de comer más que de lo que comamos, o sea que comeremos sólo lo necesario y así habrá para todos; no quedará sitio para los olvidados ni los solos porque serán por fin nuestros hermanos; no podrá declararse la guerra porque nadie querrá ni sabrá disparar un arma; habrá una única nación: el mundo, y una sola ley: el amor,… Y tantas cosas más que apenas soñamos ahora pero que llegarán cuando pase la mala gripe, cuando toque, cuando tenga que ser. Entonces se cumplirá por fin la promesa de los hermanos mayores que nos precedieron: los pobres de corazón, alma y bolsillo, por tanto, todos de una u otra manera, heredaremos la tierra. Es decir, será el tiempo de los hoy desheredados. No tardará, pero será cuando toque; antes hay que pasar la mala gripe.
lunes, 29 de noviembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
Drogas, ¿depende? El suculento negocio de lo prohibido
¡Cómo somos! Este mundo tan bien armado es graciosamente perverso. Con una mano nos da y con la otra nos quita; nos narcotiza y pinta de colores la basura más pestilente para continuar aplicándonosla subliminalmente. Hace tiempo que la sociedad civilizada inventó el marquito de lo legal, esa cosa rara que nos dice hasta dónde podemos y hasta dónde no podemos casi todo. Quizás sea porque no acabamos de ser bebecitos nunca y necesitamos que nos digan qué, cómo, dónde, cuándo y cuánto, sin dar opción a nuestra cabeza de dilucidar por sí misma semejantes cuestiones. Resultado: la contradicción global que, en el caso que nos ocupa, se traduce en uno de los debates más hipócritas de la historia. A papá y a mamá le preocupa sobremanera que el niño o la niña se drogue, es decir, que fume cannabis, o que esnife heroína, o que consuma ácidos y todas esas mierditas que los humanos inventamos, mostramos, prohibimos y luego escondemos para que sean buscadas en la clandestinidad. Pero a papá y a mamá no les preocupa en absoluto que el niño o la niña sea un/a alcohólico/a de fin de semana o un/a inhalador/a de monóxido de carbono, quizás porque la estupidez del invento es tan antigua que viene “de serie” en los genes y, del colectivo, transita a través de papá y mamá hasta llegar a los nenes, y todos tan contentos con la mencionada estupidez. Porque, seamos serios, ¿con qué autoridad moral una madre o un padre que se toma sus copichuelas y se fuma sus cigarritos le dice a su niño o niña que se deje de vicios? Un estudio reciente publicado en un periódico de renombre de edición internacional ha revelado lo que ya se había revelado hace tiempo: el alcohol “es la droga” más nociva, la que más vidas mata y la que más fácilmente rompe la estructura del entorno y de la personalidad de un ser humano. Repito, “es la droga”, entrecomillado para que se entienda bien. En el mundo hay 1.300 millones de seres humanos que fuman asiduamente y nada menos que 2.000 millones de seres humanos que beben alcohol con frecuencia. Dicho de otra manera, más de la mitad de la población mundial consume drogas legales. Sin embargo, las personas que consumen drogas ilegales, es decir, ni tabaco ni alcohol sino otras, no alcanzan la cifra de 250 millones. Hay una enorme diferencia, ¿verdad? Sin embargo tenemos la desfachatez y la desvergüenza de estigmatizar a estos últimos con el calificativo “drogadictos”, mientras que todos los demás (en los que debe incluirse, según los especialistas, cualquier persona que beba más de una cuarta de vino al día y toda persona que fume) los consideramos liberales, snobs, modernos, rebeldes,… Pues no lo son, son drogadictos de igual manera. ¿A quién interesa semejante hipocresía? Las arcas de los estados se llenan con los impuestos que generan el tabaco y el alcohol, por eso estas drogas son legales. El resto también llena las arcas de los estados, pero las otras, las oscuras, las que se usan luego para pagar los juguetitos de guerra y conspirar infantilmente contra todo hijo de vecino. Han vuelto a abrir el debate de la legalización de las drogas ilegales, y el miedo, esa basura que todos tenemos metida en el cuerpo, nos impide hacer un ejercicio de reflexión y observación objetiva de la realidad para llamar a las cosas por su nombre. Pues desde esta tribuna digo: “drogadictos del mundo, uníos”. ¿Qué por qué digo esta bobada? Porque lo prohibido es un negocio más suculento que lo no prohibido. Engañaditos andamos. Así que está claro, el debate no es legalización o no de ciertas drogas. El debate debe ser qué esconde la doble moral; qué demonios estamos enseñando a nuestros hijos; que carencias, taras, tradiciones, clichés o prejuicios nos empujan a la droga, a cualquiera de ellas, y, por supuesto, cómo frenar esta deriva humana antes de que nos volvamos todos tontos. Lo siento, hoy me han salido las uñas, pero con estas cosas es que no puedo.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Dios siempre suspende en Religión
Y pasó Benedicto por tierras españolas y yo sigo preguntándome por qué habla de Dios el jefe de estado de un país con semejante poder financiero (las causas contra el Banco Vaticano han sido abiertas otra vez porque, a pesar de que los escándalos de los setenta se destaparon, al parecer nadie aprendió lección alguna y, en los noventa, la lavadora de monedas que es la banca del Papa siguió delinquiendo); ¿y qué tendrá Dios que ver con la Iglesia de Roma? Una pintada en una facultad de la Universidad de La Laguna, en la isla de Tenerife, afirmaba: “aquí no aprueba ni Dios, Jesucristo sacó un 4,5”. Probablemente eso es lo que sucedería si la materia en cuestión fuera Religión, porque si hay algo que impregna a toda clase de doctrina religiosa es la escasez de sentido común, por eso son doctrinas. Gandhi consideraba que la sabiduría eterna está al alcance de todo ser humano pero, mientras los grandes profetas anunciaban la unidad entre el Ser y Dios, vino Constantino y narcotizó a los llamados “padres de la Iglesia” hasta hacerlos caer en la tentación del poder, y así los seguidores, más de Pedro y Pablo que de Jesús, comenzaron a disfrutar de “nombres y apellidos”. ¿Y qué tendrá que ver el Evangelio de Jesús con la Iglesia de Roma, con el Papa y con la multitud de papistas que velan con obsesión para que los principios contradictorios e incoherentes de la inquisitorial Congregación para la Doctrina de la Fe no se muevan ni un ápice? ¿Por qué los humanos tenemos la fea costumbre de beber “agua embotellada” en lugar de “acudir a la fuente”? Las religiones están pobladas por copistas, es decir, personas que copian la experiencia de otros que dicen haberla tenido. No acuden a los textos, no apelan a su conciencia; repiten lo que oyen y consumen preceptos sobre los que no reflexionan. Y todo por la infantil amenaza del fuego eterno (¿no es Dios Amor?). Los hay que salen del círculo y se van al otro extremo, es decir, no salen en realidad de ningún lado, sino que ejercen de opuesto porque la otra parte los necesita así también y, como tales, los sigue utilizando; y ahí andan, gritando contra la moral sexual de la Iglesia Católica y contra todo lo que de ésta les incomoda. Si no les gusta, ¿por qué no se van y ya está? ¿Quién les obliga a quedarse? ¿Qué torpe y egoísta pretensión es ésa de que todo se adapte al parecer de uno para que no se le quiebre la conciencia? Pero lo que sí me duele y preocupa es la osadía con la que el Evangelio sigue siendo secuestrado cada día y, apelando a él, se miente, se manipula y, por qué no usar la propia jerga católica, se peca. Y asusta, al menos a mí, ver a tantos cientos de millones de seres humanos que creen sin más, que han asumido la tan traída y llevada falacia de que la fe es un don de Dios sin pararse a pensar que es difícil creer que Dios tenga que ver con algo que se sostiene sobre un cúmulo inmenso de contradicciones. Pero, claro, es que, en el caso de la Iglesia Católica, mucho hay en juego si se cae el velo de los ojos del pueblo de Dios, que no es de Dios por católico sino que es de Dios por ser pueblo y el mismo Dios a un tiempo. “Ay de vosotros, que cerráis a los hombres el Reino; ni entráis vosotros ni dejáis entrar a los demás, guías ciegos”, gritaba Jesús a los escribas y fariseos. ¿Cómo puede afirmarse que Dios está en todas partes y luego venerarlo contenido en una oblea? ¿Cómo puede conciliarse la humildad y la pobreza con la pompa de un estado, el lujo y las finanzas? ¿Cómo puede anunciarse que Dios es Amor y al mismo tiempo juzgar y condenar? ¿Cómo se puede repetir hasta la saciedad “amarás al prójimo” y simultáneamente bendecir la guerra a lo largo de los siglos? ¿Cómo se puede apelar al perdón y luego apartar y silenciar a quien disiente? Toda doctrina, puesto que es “materia que debe creerse”, niega la libertad del Ser y, por tanto, la unidad de éste, su totalidad, su “ser en Dios” al que se refería Pablo; toda religión es, por tanto, blasfema. Por referirme a una de tantas expresiones religiosas, en este caso al cristianismo y, concretamente, al catolicismo, afirmo que el Evangelio de Jesús es tan terriblemente claro y sencillo que nadie que lo lea de veras, no con la memoria que repite lo que otros leyeron, sino con plena atención, puede permanecer ajeno a su mensaje y, menos aún, permanecer impasible ante la gran impostura que las religiones jerarquizadas sostienen. Otra vez los “ismos” aparecen para estropearlo todo, porque nos hacen olvidar que la santidad es una vocación universal, porque ser santo sólo es ser genuinamente humano, es decir, tal cual somos verdaderamente, no aquello en lo que nos hemos convertido por causa de este mundo de taras colectivas; y de eso todos somos capaces, como anuncia Suzuki, el gran maestro Zen. Las religiones pintaron a Dios una gran barba blanca, lo jubilaron y lo mandaron al cielo, separado de la vida. Pues, a pesar de la historia, del Islam, del Cristianismo, del Budismo, del Hinduismo, de los patriarcas, de los rabinos, de los ayatollah y del mismísimo papa de Roma, yo me voy de regreso a la fuente de la que mana el agua fresca de la Vida. Quien me quiera acompañar será bienvenido. Pero, lo advierto, será necesario ser cautos porque “muchos dirán que vienen en su nombre y a muchos engañarán“ (Mt 24, 4-5).
lunes, 1 de noviembre de 2010
La Merienda
Mientras degustaba el chocolate caliente y conversaba alegremente como si en el mundo todo fuera luminoso, se acercaron a la mesa hasta tres personas ofreciéndonos diversas bisuterías a cambio de unas monedas. Uno de ellos se llamaba Tony y, como en otras ocasiones, hoy también era su cumpleaños y volvía a cumplir veintitrés y le bastó el resto de una nata mal comida por la señora de la mesa de al lado para sentirse feliz. “Son maestros”, me dijo mi amiga con sus ojos brillantes; y yo la creí. Llegaron allí en nombre de muchos, de millones, de miles de millones que no pudieron compartir con nosotros aquel chocolate, ni su calor, ni su olor, y nos supimos, de pronto, presos en un mundo tan lleno que no alcanza a ver que le falta lo más importante. Gracias a esos maestros no se nos indigestó la merienda; pero nos prometimos no repetirla, al menos así. La próxima vez, cuando mi amiga y yo volvamos a compartir cualquier comida, seremos disciplinados, es decir, haremos lo que es justo hacer cuando se come: tomar conciencia del alimento, del privilegio de poder comer y no frivolizar con artificios ni excesos para, de ese modo, hacernos un poquito ellos, esos muchos, millones, miles de millones que no tienen ni lo que despreciamos nosotros. Ya está bien de comernos y bebernos lo que tantos no pueden y necesitan, que hay pan para todos y lo que falla es el reparto. Mundo loco… ¿Cuándo tendremos el coraje de darle la vuelta?
domingo, 24 de octubre de 2010
La Civilización del Fracaso
Pronto, los automóviles serán eléctricos, nuestros hogares sofisticados ingenios domóticos y quizás deje de ser necesario ir a la escuela porque habrán inventado un sistema que permitirá “cargar” en el cerebro de nuestros hijos la matemática, la historia y la teoría y práctica de este mundo superficialmente civilizado. Pero es curioso que, aunque nos comunicamos sin cables y hemos traspasado la frontera del espacio con esta impresionante red, no dejamos de ser unos curiosos bichos que, un buen día, creyeron que estar vivo es durar y que se es alguien cuando algo se tiene. Este viaje entre el pasado y el futuro en el que andamos inmersos, nunca en el presente, se ha hecho y se hace con mapas errados pero, sabia la vida, eso maravilloso que somos busca expresarse en medio de la maraña social y el ruido colectivo, solo que, a estas alturas, ese impulso vital, que sigue estando, sale torcido y a través de canales sucedáneos que no paran de anunciar el inmenso fracaso que sirve de cimiento a nuestra cultura del Yo temeroso, audaz y manipulador. Entre las garras de ése tirano que nos habita, nuestra capacidad para servir fracasó, y entonces necesitamos el dinero; nuestra percepción del cuerpo humano fracasó, y entonces lo disfrazamos, lo mutilamos con piezas de metal, lo pintarrajeamos y lo sometemos al sobreesfuerzo en aras de una pobre idea estética; nuestra habilidad para el diálogo fracasó, y entonces inventamos la política; nuestra movimiento natural hacia el encuentro humano fracasó, y creamos el chat, el SMS, Facebook y todas sus variantes; nuestra creatividad fracasó, y entonces encendimos la televisión; nuestra sexualidad también fracasó, y entonces nos sumimos en el sexo; y así, otra vez, un etc que da pena que sea tan largo. Vivimos la Civilización del Fracaso en la que, sin llegar a ser, creemos que somos, y así vamos, asumiendo la existencia en la periferia de nosotros mismos, ansiosos, fracasados y amarrados a tantas y tantas creencias que, al menos, nos permiten durar. Pero ya está, esto no vale. Y como no vale es la hora de derribarlo todo, tomarle el pulso a la vida misma y buscar respuesta para la gran pregunta, que no es ninguna de aquellas célebres sobre ser o no ser. La única pregunta con sentido es “para qué existimos”. Quizás en su respuesta podamos hallar las claves y, entonces, tal vez se produzca el derribo. Algo me dice que, bajos las ruinas, encontraremos lo que siempre estuvo ahí, lo que nunca dejó de ser: la Civilización del Amor, a la que invito y llamo porque, tal y como es cada uno de nosotros en este momento, somos todos válidos. Sí, lo sé, ya lo he escrito antes, pero es que, a estas alturas, no me sale hablar de otra manera. Adelante.
lunes, 18 de octubre de 2010
El cotidiano arte de frivolizar
Era una maravilla ver a mi perro Pancho disfrutar de su comida cuando tenía hambre, o dormir a pata suelta y boca arriba a las tres de la tarde, o correr junto al mar y chapotear en el agua,… Y es que mi perro Pancho tenía la gran virtud de disfrutar de las cosas más simples de la vida, esas cosas que no son postizas y que, curiosamente, son las verdaderamente esenciales. El resto, le importaba poco. La vida perra, es decir, vida de perro, o la de cualquier otro animal, esconde el misterio de ser básicamente feliz, que es, mira por dónde, uno de los motivos por los que estamos vivos. Pero en algún momento de la historia nos confundimos, y empezamos a creer que no éramos completos, que debíamos armar a nuestro alrededor un mundo de artefactos, sensaciones y complementos que nos permitieran ser… y terminamos aparentando que somos. La superficialidad se convirtió un mal día en religión y nos salimos más allá de nosotros mismos, a la periferia de la existencia, y articulamos el credo estúpido que culmina en los siete pecados capitales, las siete caras del ego, tan actuales, tan de siempre, tan de cada uno. Y así andamos, haciendo de lo natural y sencillo una frivolidad, porque no nos basta con comer, beber, reír, descansar y amar; necesitamos (si es que debe usarse este verbo) sofisticarlo todo para imprimir dos constantes que nos permitan sentirnos vivos: la novedad y la variedad. Si están presentes, todo va bien; si no, todo es monótono, aburrido y frustrante. Vaya trampa. ¿Acaso mi cuerpo necesita un vino que cuesta sesenta euros para hidratarse? ¿O un plato de comida que cuesta veinte para alimentarse? ¿O un traje que cuesta mil? ¿O joyas, piercings (no sé si se escribe así), tatuajes,…? ¿Necesitamos un vehículo de sesenta mil euros? ¿O un teléfono móvil al que sólo le falta ser capaz de darte las buenas noches y arroparte? ¿O beber alcohol hasta el vómito? ¿O tantas cosas más? Perdimos el norte hace tiempo hasta enredarnos en el binomio deseo-satisfacción, un saco que no tiene fondo y que, para nuestra desgracia, define nuestra “avanzada” civilización: más tengo, más soy y, para complicarlo más, sufrimos una terrible obsesión por las sensaciones que tiene nuestros sentidos saturados. La frivolidad se ha vuelto un arte cotidiano porque hemos olvidado lo que las cosas son en sí mismas, para transformarlas en proyecciones de nuestras más absurdas apetencias, olvidando que todo, absolutamente todo en el universo existe para algo y está donde está por algo. Aún así no creo que sea esto una condena; siempre hay tiempo para dejar lo externo y retornar a lo interno, o como dice el gran Facundo Cabral, “tener menos, para tenernos más”, porque sólo es verdaderamente feliz quien no necesita, y no lo digo yo, lo decía Aristóteles.
domingo, 10 de octubre de 2010
La vida como único extremismo
Lo confieso: se me perdió la ideología y ya no sé dónde está el centro, la izquierda o la derecha; ni si soy de centro, de izquierda o de derecha y menos si, quizás, yo mismo sea el centro, la izquierda y la derecha a un tiempo. Y no me importa. Ya no necesito que me importe, porque vivo en una casita en el campo donde hay mucha tierra, pájaros, aves, y son esas aves, esos pájaros y esa tierra quienes me dicen cada mañana “somos el centro, la izquierda, la derecha y todo lo demás”. Y resulta que ahora, después de empezar a hacerme adulto, porque mayor ya empecé a serlo hace tiempo, me veo aprendiendo el idioma de los muros de mi casa, la poesía del nogal del jardín, el discurso llano de la huerta, el verdadero centro, la verdadera izquierda, la auténtica derecha y todo lo demás. Quién me iba a decir a mí que, para pertenecer, había que borrarse de todo y mandar a los “ismos” a los museos porque ya no sirven; no nos sirven porque, en el mundo de las cosas no dichas (que es el que, entre todos, vamos a crear) los ismos no caben y ya está. Y, como las cosas no dichas son simples y asequibles, va a ser fácil, lo prometo: en vez de desengaño, vamos a decir esmero; en vez de crisis, oportunidad; en vez de guerra, vamos a decir encuentro; en vez de miedo, vamos a decir razón; en vez de odio diremos respeto; en vez de envidia, lealtad; en vez de política, pueblo; en vez de dinero, favor; y otra vez todo lo demás, hasta que no queden palabras que sigan nombrando la muerte, la pena, la destrucción, la injusticia, la depravación, el horror, el egoísmo y un etcétera que da pena que sea tan largo. El mundo no es nada, y en la civilización del amor sólo es legítimo un único extremismo: la vida. Esa ideología la sabemos todos.
miércoles, 6 de octubre de 2010
A piola
Claro que la piola es un juego infantil. Debe ser entonces que, por insistencia, dedicación o esmero, ha llegado a convertirse en un hábito y, en algunos casos, en arte tan refinado que los hay que llegan a saltarse absolutamente todo. Lo digo porque son tiempos de prisas, en los que prima la agitación y el idioma común es el grito, la mentira y la queja.
La historia nos regaló estructuras humanas que, con el tiempo y por haber sido puestas en manos de seres sin escrúpulos, aunque haya habido y hay excepciones, se han convertido en estructuras a secas, es decir, han perdido o se les ha borrado, tal vez premeditadamente, el calificativo definitorio que las suponía subordinadas a la persona. Pero la pirámide de las sociedades de nuestro tiempo tiene invertidos los valores y como se trata, al final, de comprar y vender, resulta que lo esencial de cuanto impregna los asuntos humanos, esto es, la mismísima humanidad, entendida ésta como cualidad, se ha mandado a paseo y andamos con el pie cambiado en tantas cosas que nos hemos convertido en expertos en la praxis de la contradicción.
Pues a piola es saltado el artículo 10.1 de la Constitución que dice, entre otras cosas, que la dignidad de la persona es fundamento del orden político y de la paz social. Quizás la palabra dignidad haya sufrido alteraciones semánticas de tanto pisotón y por eso, cosas que pasan, la olvidamos con demasiada frecuencia y hacemos de lo indigno una forma refinada de expresión. Porque, no nos engañemos, la locura mediática ha ido alterando los valores éticos y el sentido común hasta tal punto que desayunamos, almorzamos, merendamos y cenamos puro esperpento. Hay medios televisivos que dedican grandes bloques de su programación diaria al insulto, la patraña y, por qué no decirlo, al alimento de la estupidez colectiva. ¿Cómo es posible que los formatos de mayor audiencia sean aquellos en los que un grupo de personas, de ésas sin escrúpulos, aparecen gritándose, insultándose y juzgando vidas ajenas? ¿Qué falló en los sistemas educativos aplicados en los últimos sesenta años que hay tanta gente que “disfruta” viendo semejante brutalidad televisiva? ¿Y cómo es posible que ninguna institución ponga coto a esta tragedia? A piola, así es como esta sociedad se salta la dignidad humana. Porque se trata de la dignidad de la persona, tal y como lo formula el artículo 10.1 de la Constitución de 1978, no de esta señora o aquel señor, sino de la persona. Es decir, que ese artículo protege o debiera proteger la dignidad de quienes contemplan pasivamente ese triste espectáculo desde sus hogares, la dignidad de quienes son juzgados e insultados sin estar presentes durante la emisión y la dignidad, incluso, de quienes aparecen en pantalla tan faltos de sí mismos haciendo de la palabra un arma de destrucción masiva. De acuerdo, artículo 20.1.a, libertad de expresión, pero la propia Carta Magna garantiza el derecho a la integridad moral, el honor y la intimidad. Que viva la contradicción; lo que se da con una mano, se roba con la otra. Y precisamente en franjas horarias en las que los niños y niñas, que sí tienen derecho a jugar a la piola, toman la merienda frente al televisor y sufren indigestión mental al tener que tragarse la barbarie misma en dosis diarias. Y las instituciones, mientras, simplemente recomiendan. Vaya por Dios, me parece que los Objetivos del Milenio, tan orientados a los derechos de la infancia, cojean mucho. ¿O es que el negocio “del corazón” es demasiado lucrativo y hay demasiadas bocas que se alimentan de la tarta?
La dignidad humana… Qué cosas. Los medios, qué cosas. Otra contradicción: en España el ejercicio de la prostitución (a ver si olvidamos ese calificativo majadero de “oficio más antiguo del mundo”) no se considera una profesión. ¿Entonces cómo pueden anunciarse servicios de prostitución en prensa y televisión? A-pio-la. Así es saltada la dignidad humana para luego aplastarla con la inconciencia y, en el peor de los casos, con la conveniencia, porque muchos hay que se llenan manos y bolsillos.
¿Y la información? El ser humano actúa por mimetismo, por eso existe la moda y, por eso, podría clasificarse a los individuos de una sociedad según sus patrones de comportamiento. La imitación es un impulso que se manifiesta debido a la falta de criterio propio. Hace unos años los políticos decidieron la conveniencia de obviar en los medios cuantos hechos sucedieran en torno a la banda terrorista ETA, precisamente, para evitar “publicitarla” gratuitamente. Violencia de género. Se han creado leyes, se aplican medidas, se desarrollan campañas de concienciación social y, sin embargo, las muertes aumentan cada año. ¿Qué se está haciendo mal? ¿No será el mimetismo? ¿No se estará anunciando en prensa y televisión el modo de llevar a cabo tales actos criminales? Una persona que quiere matar a otra, sencillamente, no está bien, su mente no está en orden, ¿no percibirá las noticias sobre violencia de género como dictados sobre “cómo puede proceder”? Porque, ¿de qué sirve una noticia así? ¿No sabemos ya que eso ocurre? ¿Por qué esa insistencia en relatar los hechos con todo escabroso detalle en lugar de dar el dato y se acabó? ¿No son suficientemente sucios como para, encima, estar regodeándonos en contarlos? ¿A quién beneficia eso? ¿Y la dignidad de las personas asesinadas? ¿O es que somos una sociedad morbosa e inmadura? Parece que sí porque los medios echan mano de esos “recursos informativos” para emplearlos como mecanismos de venta. Otra vez a piola. ¿Dónde están las instituciones para velar por el artículo 10.1 de la Constitución? El Estado vulnera la Carta Magna al no intervenir ni pronunciarse, y es responsabilidad de todos denunciarlo, porque la humanidad somos todos y lo que afecta al vecino, de algún modo, me afecta a mí también.
Quizás hay medios que no nacieron con vocación informativa; quizás no son ni siquiera medios sino cuchufletas en papel unos y rebumbio de mezquindad otros. Lo triste es que esta contradicción visceral (o el ejercicio hipócrita de mirar para otro lado) es palpable en demasiados ámbitos de nuestra civilizada sociedad, tan llena de mayores y tan escasa de adultos. La dignidad se pierde porque cada uno se deshace de la suya, por padecimiento, ignorancia o interés, pero así es. Nos la quitamos de encima como si fuera un estorbo que nos trae un eco tan ético que nos molesta, porque coarta nuestra supuesta libertad en la que nos parapetamos para justificar toda suerte de desmán, delirio y bobería. ¿Para cuándo una manifestación que reivindique la dignidad del ser humano, que inste a los poderes públicos a velar por ese principio constitucional?
No sé, quizás esta prisa que nos viene a todos como un ataque de nervios, esta manera de hacer por hacer y de hablar por hablar nos tiene demasiado distraídos y olvidamos lo único verdaderamente importante: que somos seres humanos. Tal vez toda esta locura no sea más que la evidencia del tiempo que hace que estamos jodidos.
A pesar de todo, yo, como dejé la piola en mis juegos de la infancia, seguiré invocando la esperanza.
A pesar de todo
Me he resistido hasta ayer noche, cinco de octubre de dos mil diez, a participar en cualquier soporte de la red, porque amo el encuentro humano real, no a través de las plataformas tecnológicas. A pesar de todo y, ante la insistencia de algunos amigos, aquí estoy, porque es cierto que lo que gratis se ha recibido gratis ha de darse, y ya no se me ocurre otra forma de brindar la palabra.
Sea pues ésta y desde hoy una ventana a la reflexión. Me basta con seros útil porque entiendo que, al dar este paso, esta boca es ahora más vuestra que mía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)