miércoles, 6 de octubre de 2010

A piola


Claro que la piola es un juego infantil. Debe ser entonces que, por insistencia, dedicación o esmero, ha llegado a convertirse en un hábito y, en algunos casos, en arte tan refinado que los hay que llegan a saltarse absolutamente todo. Lo digo porque son tiempos de prisas, en los que prima la agitación y el idioma común es el grito, la mentira y la queja.
La historia nos regaló estructuras humanas que, con el tiempo y por haber sido puestas en manos de seres sin escrúpulos, aunque haya habido y hay excepciones, se han convertido en estructuras a secas, es decir, han perdido o se les ha borrado, tal vez premeditadamente, el calificativo definitorio que las suponía subordinadas a la persona. Pero la pirámide de las sociedades de nuestro tiempo tiene invertidos los valores y como se trata, al final, de comprar y vender, resulta que lo esencial de cuanto impregna los asuntos humanos, esto es, la mismísima humanidad, entendida ésta como cualidad, se ha mandado a paseo y andamos con el pie cambiado en tantas cosas que nos hemos convertido en expertos en la praxis de la contradicción.
Pues a piola es saltado el artículo 10.1 de la Constitución que dice, entre otras cosas, que la dignidad de la persona es fundamento del orden político y de la paz social. Quizás la palabra dignidad haya sufrido alteraciones semánticas de tanto pisotón y por eso, cosas que pasan, la olvidamos con demasiada frecuencia y hacemos de lo indigno una forma  refinada de expresión. Porque, no nos engañemos, la locura mediática ha ido alterando los valores éticos y el sentido común hasta tal punto que desayunamos, almorzamos, merendamos y cenamos puro esperpento. Hay medios televisivos que dedican grandes bloques de su programación diaria al insulto, la patraña y, por qué no decirlo, al alimento de la estupidez colectiva. ¿Cómo es posible que los formatos de mayor audiencia sean aquellos en los que un grupo de personas, de ésas sin escrúpulos, aparecen gritándose, insultándose y juzgando vidas ajenas? ¿Qué falló en los sistemas educativos aplicados en los últimos sesenta años que hay tanta gente que “disfruta” viendo semejante brutalidad televisiva? ¿Y cómo es posible que ninguna institución ponga coto a esta tragedia?  A piola, así es como esta sociedad se salta la dignidad humana. Porque se trata de la dignidad de la persona, tal y como lo formula el artículo 10.1 de la Constitución de 1978, no de esta señora o aquel señor, sino de la persona. Es decir, que ese artículo protege o debiera proteger la dignidad de quienes contemplan pasivamente ese triste espectáculo desde sus hogares, la dignidad de quienes son juzgados e insultados sin estar presentes durante la emisión y la dignidad, incluso, de quienes aparecen en pantalla tan faltos de sí mismos haciendo de la palabra un arma de destrucción masiva. De acuerdo, artículo 20.1.a, libertad de expresión, pero la propia Carta Magna garantiza el derecho a la integridad moral, el honor y la intimidad. Que viva la contradicción; lo que se da con una mano, se roba con la otra. Y precisamente en franjas horarias en las que los niños y niñas, que sí tienen derecho a jugar a la piola, toman la merienda frente al televisor y sufren indigestión mental al tener que tragarse la barbarie misma en dosis diarias. Y las instituciones, mientras, simplemente recomiendan. Vaya por Dios, me parece que los Objetivos del Milenio, tan orientados a los derechos de la infancia, cojean mucho. ¿O es que el negocio “del corazón” es demasiado lucrativo y hay demasiadas bocas que se alimentan de la tarta?
La dignidad humana… Qué cosas.  Los medios, qué cosas. Otra contradicción: en España el ejercicio de la prostitución (a ver si olvidamos ese calificativo majadero de “oficio más antiguo del mundo”) no se considera una profesión. ¿Entonces cómo pueden anunciarse servicios de prostitución en prensa y televisión?   A-pio-la. Así es saltada la dignidad humana para luego aplastarla con la inconciencia y, en el peor de los casos, con la conveniencia, porque muchos hay que se llenan manos y bolsillos.
¿Y la información?  El ser humano actúa por mimetismo, por eso existe la moda y, por eso, podría clasificarse a los individuos de una sociedad según sus patrones de comportamiento. La imitación es un impulso que se manifiesta debido a la falta de criterio propio. Hace unos años los políticos decidieron la  conveniencia de obviar en los medios cuantos hechos sucedieran en torno a la banda terrorista ETA, precisamente, para evitar “publicitarla” gratuitamente. Violencia de género. Se han creado leyes, se aplican medidas, se  desarrollan campañas de concienciación social y, sin embargo, las muertes aumentan cada año. ¿Qué se está haciendo mal? ¿No será el mimetismo? ¿No se estará anunciando en prensa y televisión el modo de llevar a cabo tales actos criminales?  Una persona que quiere matar a otra, sencillamente, no está bien, su mente no está en orden, ¿no percibirá las noticias sobre violencia de género como dictados sobre “cómo puede proceder”? Porque, ¿de qué sirve una noticia así? ¿No sabemos ya que eso ocurre? ¿Por qué esa insistencia en relatar los hechos con todo escabroso detalle en lugar de dar el dato y se acabó? ¿No son suficientemente sucios como para, encima, estar regodeándonos en contarlos? ¿A quién beneficia eso?  ¿Y la dignidad de las personas asesinadas? ¿O es que somos una sociedad morbosa  e inmadura? Parece que sí porque los medios echan mano de esos “recursos informativos” para emplearlos como mecanismos de venta. Otra vez a piola. ¿Dónde están las instituciones para velar por el artículo 10.1 de la Constitución?  El Estado vulnera la Carta Magna al no intervenir ni pronunciarse, y es responsabilidad de todos denunciarlo, porque la humanidad somos todos y lo que afecta al vecino, de algún modo, me afecta a mí también.
Quizás hay medios que no nacieron con vocación informativa; quizás no son ni siquiera medios sino cuchufletas en papel unos y rebumbio de mezquindad otros. Lo triste es que esta contradicción visceral (o el ejercicio hipócrita de mirar para otro lado) es palpable en demasiados ámbitos de nuestra civilizada sociedad, tan llena de mayores y tan escasa de adultos. La dignidad se pierde porque cada uno se deshace de la suya, por padecimiento, ignorancia o interés, pero así es. Nos la quitamos de encima como si fuera un estorbo que nos trae un eco tan ético que nos molesta, porque coarta nuestra supuesta libertad en la que nos parapetamos para justificar toda suerte de desmán, delirio y bobería. ¿Para cuándo una manifestación que reivindique la dignidad del ser humano, que inste a los poderes públicos a velar por ese principio constitucional?
No sé, quizás esta prisa que nos viene a todos como un ataque de nervios, esta manera de hacer por hacer y de hablar por hablar nos tiene demasiado distraídos y olvidamos lo único verdaderamente importante: que somos seres humanos. Tal vez toda esta locura no sea más que la evidencia del tiempo que hace que estamos jodidos.
A pesar de todo, yo, como dejé la piola en mis juegos de la infancia, seguiré invocando la esperanza.

1 comentario:

yudy32 dijo...

Y precisamente en franjas horarias en las que los niños y niñas, que sí tienen derecho a jugar a la piola, toman la merienda frente al televisor y sufren indigestión mental al tener que tragarse la barbarie misma en dosis diarias.(año 2010)
Estamos cansados de que nos trasmitan casi las veinticuatro horas del día programas de frivolidades donde prima la estulticia, la grosería, la mala educación, la falta de respeto y la burla constante a los seres humanos; es preocupante que nuestros niños, nuestros jóvenes, nuestros dirigentes de mañana se formen con estos patrones y que todo el esfuerzo hecho por nuestros pensadores para que la humanidad, el mundo y por tanto la vida se dignifique y desarrolle en la excelencia sea pisoteado en el falso nombre de “ la libertad de expresión”José Martí (1853 - 1895) hombre, pensador, escritor, poeta, filósofo ya en esos años se preocupaba porque el “mejoramiento humano” no debe ser contemplado como una probabilidad sino como una realidad y por tanto debe ser enfatizado en nuestra civilización.
Como parte de este último nos demuestra su inquietud publicando La Edad de Oro
en la que puede leerse:
“porque los niños son los caballeros y las madres de mañana ... lo que ha de hacer el niño, el hombre de ahora, el poeta de ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lo hermoso del mundo, de manera que se vea en los versos como si estuviera pintado con colores, y castigar con la poesía como con un látigo, a los que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pícaras el dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su país les obedezcan como ovejas y les laman la mano como perros. Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo, enseñándole que la Naturaleza es hermosa, que la vida es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el cielo, y amigos, y madres...”