Y pasó Benedicto por tierras españolas y yo sigo preguntándome por qué habla de Dios el jefe de estado de un país con semejante poder financiero (las causas contra el Banco Vaticano han sido abiertas otra vez porque, a pesar de que los escándalos de los setenta se destaparon, al parecer nadie aprendió lección alguna y, en los noventa, la lavadora de monedas que es la banca del Papa siguió delinquiendo); ¿y qué tendrá Dios que ver con la Iglesia de Roma? Una pintada en una facultad de la Universidad de La Laguna, en la isla de Tenerife, afirmaba: “aquí no aprueba ni Dios, Jesucristo sacó un 4,5”. Probablemente eso es lo que sucedería si la materia en cuestión fuera Religión, porque si hay algo que impregna a toda clase de doctrina religiosa es la escasez de sentido común, por eso son doctrinas. Gandhi consideraba que la sabiduría eterna está al alcance de todo ser humano pero, mientras los grandes profetas anunciaban la unidad entre el Ser y Dios, vino Constantino y narcotizó a los llamados “padres de la Iglesia” hasta hacerlos caer en la tentación del poder, y así los seguidores, más de Pedro y Pablo que de Jesús, comenzaron a disfrutar de “nombres y apellidos”. ¿Y qué tendrá que ver el Evangelio de Jesús con la Iglesia de Roma, con el Papa y con la multitud de papistas que velan con obsesión para que los principios contradictorios e incoherentes de la inquisitorial Congregación para la Doctrina de la Fe no se muevan ni un ápice? ¿Por qué los humanos tenemos la fea costumbre de beber “agua embotellada” en lugar de “acudir a la fuente”? Las religiones están pobladas por copistas, es decir, personas que copian la experiencia de otros que dicen haberla tenido. No acuden a los textos, no apelan a su conciencia; repiten lo que oyen y consumen preceptos sobre los que no reflexionan. Y todo por la infantil amenaza del fuego eterno (¿no es Dios Amor?). Los hay que salen del círculo y se van al otro extremo, es decir, no salen en realidad de ningún lado, sino que ejercen de opuesto porque la otra parte los necesita así también y, como tales, los sigue utilizando; y ahí andan, gritando contra la moral sexual de la Iglesia Católica y contra todo lo que de ésta les incomoda. Si no les gusta, ¿por qué no se van y ya está? ¿Quién les obliga a quedarse? ¿Qué torpe y egoísta pretensión es ésa de que todo se adapte al parecer de uno para que no se le quiebre la conciencia? Pero lo que sí me duele y preocupa es la osadía con la que el Evangelio sigue siendo secuestrado cada día y, apelando a él, se miente, se manipula y, por qué no usar la propia jerga católica, se peca. Y asusta, al menos a mí, ver a tantos cientos de millones de seres humanos que creen sin más, que han asumido la tan traída y llevada falacia de que la fe es un don de Dios sin pararse a pensar que es difícil creer que Dios tenga que ver con algo que se sostiene sobre un cúmulo inmenso de contradicciones. Pero, claro, es que, en el caso de la Iglesia Católica, mucho hay en juego si se cae el velo de los ojos del pueblo de Dios, que no es de Dios por católico sino que es de Dios por ser pueblo y el mismo Dios a un tiempo. “Ay de vosotros, que cerráis a los hombres el Reino; ni entráis vosotros ni dejáis entrar a los demás, guías ciegos”, gritaba Jesús a los escribas y fariseos. ¿Cómo puede afirmarse que Dios está en todas partes y luego venerarlo contenido en una oblea? ¿Cómo puede conciliarse la humildad y la pobreza con la pompa de un estado, el lujo y las finanzas? ¿Cómo puede anunciarse que Dios es Amor y al mismo tiempo juzgar y condenar? ¿Cómo se puede repetir hasta la saciedad “amarás al prójimo” y simultáneamente bendecir la guerra a lo largo de los siglos? ¿Cómo se puede apelar al perdón y luego apartar y silenciar a quien disiente? Toda doctrina, puesto que es “materia que debe creerse”, niega la libertad del Ser y, por tanto, la unidad de éste, su totalidad, su “ser en Dios” al que se refería Pablo; toda religión es, por tanto, blasfema. Por referirme a una de tantas expresiones religiosas, en este caso al cristianismo y, concretamente, al catolicismo, afirmo que el Evangelio de Jesús es tan terriblemente claro y sencillo que nadie que lo lea de veras, no con la memoria que repite lo que otros leyeron, sino con plena atención, puede permanecer ajeno a su mensaje y, menos aún, permanecer impasible ante la gran impostura que las religiones jerarquizadas sostienen. Otra vez los “ismos” aparecen para estropearlo todo, porque nos hacen olvidar que la santidad es una vocación universal, porque ser santo sólo es ser genuinamente humano, es decir, tal cual somos verdaderamente, no aquello en lo que nos hemos convertido por causa de este mundo de taras colectivas; y de eso todos somos capaces, como anuncia Suzuki, el gran maestro Zen. Las religiones pintaron a Dios una gran barba blanca, lo jubilaron y lo mandaron al cielo, separado de la vida. Pues, a pesar de la historia, del Islam, del Cristianismo, del Budismo, del Hinduismo, de los patriarcas, de los rabinos, de los ayatollah y del mismísimo papa de Roma, yo me voy de regreso a la fuente de la que mana el agua fresca de la Vida. Quien me quiera acompañar será bienvenido. Pero, lo advierto, será necesario ser cautos porque “muchos dirán que vienen en su nombre y a muchos engañarán“ (Mt 24, 4-5).
2 comentarios:
¡Muy bueno compañero!
besin
Uffff.... lo cierto es que me hace pensar, ya sabes...mis ideas y yo..Me gustó muchísimo. Pues nada, un beso y hasta el próximo
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