lunes, 1 de noviembre de 2010

La Merienda


Mientras degustaba el chocolate caliente y conversaba alegremente como si en el mundo todo fuera luminoso, se acercaron a la mesa hasta tres personas ofreciéndonos diversas bisuterías a cambio de unas monedas. Uno de ellos se llamaba Tony y, como en otras ocasiones, hoy también era su cumpleaños y volvía a cumplir veintitrés y le bastó el resto de una nata mal comida por la señora de la mesa de al lado para sentirse feliz. “Son maestros”, me dijo mi amiga con sus ojos brillantes; y yo la creí. Llegaron allí en nombre de muchos, de millones, de miles de millones que no pudieron compartir con nosotros aquel chocolate, ni su calor, ni su olor, y nos supimos, de pronto, presos en un mundo tan lleno que no alcanza a ver que le falta lo más importante. Gracias a esos maestros no se nos indigestó la merienda; pero nos prometimos no repetirla, al menos así. La próxima vez, cuando mi amiga y yo volvamos a compartir cualquier comida, seremos disciplinados, es decir, haremos lo que es justo hacer cuando se come:  tomar conciencia del alimento, del privilegio de poder comer y no frivolizar con artificios ni excesos para, de ese modo, hacernos un poquito ellos, esos muchos, millones, miles de millones que no tienen ni lo que despreciamos nosotros. Ya está bien de comernos y bebernos lo que tantos no pueden y necesitan, que hay pan para todos y lo que falla es el reparto. Mundo loco… ¿Cuándo tendremos el coraje de darle la vuelta?

No hay comentarios: