domingo, 24 de octubre de 2010

La Civilización del Fracaso


Pronto, los automóviles serán eléctricos, nuestros hogares sofisticados ingenios domóticos y quizás deje de ser necesario ir a la escuela porque habrán inventado un sistema que permitirá “cargar” en el cerebro de nuestros hijos la matemática, la historia y la teoría y práctica de este mundo superficialmente civilizado. Pero es curioso que, aunque nos comunicamos sin cables y hemos traspasado la frontera del espacio con esta impresionante red, no dejamos de ser unos curiosos bichos que, un buen día, creyeron que estar vivo es durar y que se es alguien cuando algo se tiene. Este viaje entre el pasado y el futuro en el que andamos inmersos, nunca en el presente, se ha hecho y se hace con mapas errados pero, sabia la vida, eso maravilloso que somos busca expresarse en medio de la maraña social y el ruido colectivo, solo que, a estas alturas, ese impulso vital, que sigue estando, sale torcido y a través de canales sucedáneos que no paran de anunciar el inmenso fracaso que sirve de cimiento a nuestra cultura del Yo temeroso, audaz y manipulador. Entre las garras de ése tirano que nos habita, nuestra capacidad para servir fracasó, y entonces necesitamos el dinero; nuestra percepción del cuerpo humano fracasó, y entonces lo disfrazamos, lo mutilamos con piezas de metal, lo pintarrajeamos y lo sometemos al sobreesfuerzo en aras de una pobre idea estética; nuestra habilidad para el diálogo fracasó, y entonces inventamos la política; nuestra movimiento natural hacia el encuentro humano fracasó, y creamos el chat, el SMS, Facebook y todas sus variantes;  nuestra creatividad fracasó, y entonces encendimos la televisión; nuestra sexualidad también fracasó, y entonces nos sumimos en el sexo;  y así, otra vez, un etc que da pena que sea tan largo. Vivimos la Civilización del Fracaso en la que, sin llegar a ser, creemos que somos, y así vamos, asumiendo la existencia en la periferia de nosotros mismos, ansiosos, fracasados y amarrados a tantas y tantas creencias que, al menos, nos permiten durar. Pero ya está, esto no vale.  Y como no vale es la hora de derribarlo todo, tomarle el pulso a la vida misma y buscar respuesta para la gran pregunta, que no es ninguna de aquellas célebres sobre ser o no ser. La única pregunta con sentido es “para qué existimos”. Quizás en su respuesta podamos hallar las claves y, entonces, tal vez se produzca el derribo. Algo me dice que, bajos las ruinas, encontraremos lo que siempre estuvo ahí, lo que nunca dejó de ser: la Civilización del Amor, a la que invito y llamo porque, tal y como es cada uno de nosotros en este momento, somos todos válidos. Sí, lo sé, ya lo he escrito antes, pero es que, a estas alturas, no me sale hablar de otra manera. Adelante.

lunes, 18 de octubre de 2010

El cotidiano arte de frivolizar

Era una maravilla ver a mi perro Pancho disfrutar de su comida cuando tenía hambre, o dormir a pata suelta y boca arriba a las tres de la tarde, o correr junto al mar y chapotear en el agua,… Y es que mi perro Pancho tenía la gran virtud de disfrutar de las cosas más simples de la vida, esas cosas que no son postizas y que, curiosamente, son las verdaderamente esenciales. El resto, le importaba poco. La vida perra, es decir, vida de perro, o la de cualquier otro animal, esconde el misterio de ser básicamente feliz, que es, mira por dónde, uno de los motivos por los que estamos vivos. Pero en algún momento de la historia nos confundimos, y empezamos a creer que no éramos completos, que debíamos armar a nuestro alrededor un mundo de artefactos, sensaciones y complementos que nos permitieran ser… y terminamos aparentando que somos. La superficialidad se convirtió un mal día en religión y nos salimos más allá de nosotros mismos, a la periferia de la existencia, y articulamos el credo estúpido que culmina en los siete pecados capitales, las siete caras del ego, tan actuales, tan de siempre, tan de cada uno. Y así andamos, haciendo de lo natural y sencillo una frivolidad, porque no nos basta con comer, beber, reír, descansar y amar; necesitamos (si es que debe usarse este verbo) sofisticarlo todo para imprimir dos constantes que nos permitan sentirnos vivos: la novedad y la variedad. Si están presentes, todo va bien; si no, todo es monótono, aburrido y frustrante. Vaya trampa. ¿Acaso mi cuerpo necesita un vino que cuesta sesenta euros para hidratarse? ¿O un plato de comida que cuesta veinte para alimentarse? ¿O un traje que cuesta mil? ¿O joyas, piercings (no sé si se escribe así), tatuajes,…? ¿Necesitamos un vehículo de sesenta mil euros? ¿O un teléfono móvil al que sólo le falta ser capaz de darte las buenas noches y arroparte? ¿O beber alcohol hasta el vómito? ¿O tantas cosas más? Perdimos el norte hace tiempo hasta enredarnos en el binomio deseo-satisfacción, un saco que no tiene fondo y que, para nuestra desgracia, define nuestra “avanzada” civilización:  más tengo, más soy y, para complicarlo más, sufrimos una terrible obsesión por las sensaciones que tiene nuestros sentidos saturados. La frivolidad se ha vuelto un arte cotidiano porque hemos olvidado lo que las cosas son en sí mismas, para transformarlas en proyecciones de nuestras más absurdas apetencias, olvidando que todo, absolutamente todo en el universo existe para algo y está donde está por algo. Aún así no creo que sea esto una condena; siempre hay tiempo para dejar lo externo y retornar a lo interno, o como dice el gran Facundo Cabral, “tener menos, para tenernos más”, porque sólo es verdaderamente feliz quien no necesita, y no lo digo yo, lo decía Aristóteles. 

domingo, 10 de octubre de 2010

La vida como único extremismo


Lo confieso: se me perdió la ideología y ya no sé dónde está el centro, la izquierda o la derecha; ni si soy de centro, de izquierda o de derecha y menos si, quizás, yo mismo sea el centro, la izquierda y la derecha a un tiempo. Y no me importa. Ya no necesito que me importe, porque vivo en una casita en el campo donde hay mucha tierra, pájaros, aves, y son esas aves, esos pájaros y esa tierra quienes me dicen cada mañana “somos el centro, la izquierda, la derecha y todo lo demás”. Y resulta que ahora, después de empezar a hacerme adulto, porque mayor ya empecé a serlo hace tiempo, me veo aprendiendo el idioma de los muros de mi casa, la poesía del nogal del jardín, el discurso llano de la huerta, el verdadero centro, la verdadera izquierda, la auténtica derecha y todo lo demás. Quién me iba a decir a mí que, para pertenecer, había que borrarse de todo y mandar a los “ismos” a los museos porque ya no sirven; no nos sirven porque, en el mundo de las cosas no dichas (que es el que, entre todos, vamos a crear) los ismos no caben y ya está. Y, como las cosas no dichas son simples y asequibles, va a ser fácil, lo prometo:   en vez de desengaño, vamos a decir esmero; en vez de crisis, oportunidad; en vez de guerra, vamos a decir encuentro; en vez de miedo, vamos a decir razón; en vez de odio diremos respeto; en vez de envidia, lealtad; en vez de política, pueblo; en vez de dinero, favor; y otra vez todo lo demás, hasta que no queden palabras que sigan nombrando la muerte, la pena, la destrucción, la injusticia, la depravación, el horror, el egoísmo y un etcétera que da pena que sea tan largo. El mundo no es nada, y en la civilización del amor sólo es legítimo un único extremismo: la vida. Esa ideología la sabemos todos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

A piola


Claro que la piola es un juego infantil. Debe ser entonces que, por insistencia, dedicación o esmero, ha llegado a convertirse en un hábito y, en algunos casos, en arte tan refinado que los hay que llegan a saltarse absolutamente todo. Lo digo porque son tiempos de prisas, en los que prima la agitación y el idioma común es el grito, la mentira y la queja.
La historia nos regaló estructuras humanas que, con el tiempo y por haber sido puestas en manos de seres sin escrúpulos, aunque haya habido y hay excepciones, se han convertido en estructuras a secas, es decir, han perdido o se les ha borrado, tal vez premeditadamente, el calificativo definitorio que las suponía subordinadas a la persona. Pero la pirámide de las sociedades de nuestro tiempo tiene invertidos los valores y como se trata, al final, de comprar y vender, resulta que lo esencial de cuanto impregna los asuntos humanos, esto es, la mismísima humanidad, entendida ésta como cualidad, se ha mandado a paseo y andamos con el pie cambiado en tantas cosas que nos hemos convertido en expertos en la praxis de la contradicción.
Pues a piola es saltado el artículo 10.1 de la Constitución que dice, entre otras cosas, que la dignidad de la persona es fundamento del orden político y de la paz social. Quizás la palabra dignidad haya sufrido alteraciones semánticas de tanto pisotón y por eso, cosas que pasan, la olvidamos con demasiada frecuencia y hacemos de lo indigno una forma  refinada de expresión. Porque, no nos engañemos, la locura mediática ha ido alterando los valores éticos y el sentido común hasta tal punto que desayunamos, almorzamos, merendamos y cenamos puro esperpento. Hay medios televisivos que dedican grandes bloques de su programación diaria al insulto, la patraña y, por qué no decirlo, al alimento de la estupidez colectiva. ¿Cómo es posible que los formatos de mayor audiencia sean aquellos en los que un grupo de personas, de ésas sin escrúpulos, aparecen gritándose, insultándose y juzgando vidas ajenas? ¿Qué falló en los sistemas educativos aplicados en los últimos sesenta años que hay tanta gente que “disfruta” viendo semejante brutalidad televisiva? ¿Y cómo es posible que ninguna institución ponga coto a esta tragedia?  A piola, así es como esta sociedad se salta la dignidad humana. Porque se trata de la dignidad de la persona, tal y como lo formula el artículo 10.1 de la Constitución de 1978, no de esta señora o aquel señor, sino de la persona. Es decir, que ese artículo protege o debiera proteger la dignidad de quienes contemplan pasivamente ese triste espectáculo desde sus hogares, la dignidad de quienes son juzgados e insultados sin estar presentes durante la emisión y la dignidad, incluso, de quienes aparecen en pantalla tan faltos de sí mismos haciendo de la palabra un arma de destrucción masiva. De acuerdo, artículo 20.1.a, libertad de expresión, pero la propia Carta Magna garantiza el derecho a la integridad moral, el honor y la intimidad. Que viva la contradicción; lo que se da con una mano, se roba con la otra. Y precisamente en franjas horarias en las que los niños y niñas, que sí tienen derecho a jugar a la piola, toman la merienda frente al televisor y sufren indigestión mental al tener que tragarse la barbarie misma en dosis diarias. Y las instituciones, mientras, simplemente recomiendan. Vaya por Dios, me parece que los Objetivos del Milenio, tan orientados a los derechos de la infancia, cojean mucho. ¿O es que el negocio “del corazón” es demasiado lucrativo y hay demasiadas bocas que se alimentan de la tarta?
La dignidad humana… Qué cosas.  Los medios, qué cosas. Otra contradicción: en España el ejercicio de la prostitución (a ver si olvidamos ese calificativo majadero de “oficio más antiguo del mundo”) no se considera una profesión. ¿Entonces cómo pueden anunciarse servicios de prostitución en prensa y televisión?   A-pio-la. Así es saltada la dignidad humana para luego aplastarla con la inconciencia y, en el peor de los casos, con la conveniencia, porque muchos hay que se llenan manos y bolsillos.
¿Y la información?  El ser humano actúa por mimetismo, por eso existe la moda y, por eso, podría clasificarse a los individuos de una sociedad según sus patrones de comportamiento. La imitación es un impulso que se manifiesta debido a la falta de criterio propio. Hace unos años los políticos decidieron la  conveniencia de obviar en los medios cuantos hechos sucedieran en torno a la banda terrorista ETA, precisamente, para evitar “publicitarla” gratuitamente. Violencia de género. Se han creado leyes, se aplican medidas, se  desarrollan campañas de concienciación social y, sin embargo, las muertes aumentan cada año. ¿Qué se está haciendo mal? ¿No será el mimetismo? ¿No se estará anunciando en prensa y televisión el modo de llevar a cabo tales actos criminales?  Una persona que quiere matar a otra, sencillamente, no está bien, su mente no está en orden, ¿no percibirá las noticias sobre violencia de género como dictados sobre “cómo puede proceder”? Porque, ¿de qué sirve una noticia así? ¿No sabemos ya que eso ocurre? ¿Por qué esa insistencia en relatar los hechos con todo escabroso detalle en lugar de dar el dato y se acabó? ¿No son suficientemente sucios como para, encima, estar regodeándonos en contarlos? ¿A quién beneficia eso?  ¿Y la dignidad de las personas asesinadas? ¿O es que somos una sociedad morbosa  e inmadura? Parece que sí porque los medios echan mano de esos “recursos informativos” para emplearlos como mecanismos de venta. Otra vez a piola. ¿Dónde están las instituciones para velar por el artículo 10.1 de la Constitución?  El Estado vulnera la Carta Magna al no intervenir ni pronunciarse, y es responsabilidad de todos denunciarlo, porque la humanidad somos todos y lo que afecta al vecino, de algún modo, me afecta a mí también.
Quizás hay medios que no nacieron con vocación informativa; quizás no son ni siquiera medios sino cuchufletas en papel unos y rebumbio de mezquindad otros. Lo triste es que esta contradicción visceral (o el ejercicio hipócrita de mirar para otro lado) es palpable en demasiados ámbitos de nuestra civilizada sociedad, tan llena de mayores y tan escasa de adultos. La dignidad se pierde porque cada uno se deshace de la suya, por padecimiento, ignorancia o interés, pero así es. Nos la quitamos de encima como si fuera un estorbo que nos trae un eco tan ético que nos molesta, porque coarta nuestra supuesta libertad en la que nos parapetamos para justificar toda suerte de desmán, delirio y bobería. ¿Para cuándo una manifestación que reivindique la dignidad del ser humano, que inste a los poderes públicos a velar por ese principio constitucional?
No sé, quizás esta prisa que nos viene a todos como un ataque de nervios, esta manera de hacer por hacer y de hablar por hablar nos tiene demasiado distraídos y olvidamos lo único verdaderamente importante: que somos seres humanos. Tal vez toda esta locura no sea más que la evidencia del tiempo que hace que estamos jodidos.
A pesar de todo, yo, como dejé la piola en mis juegos de la infancia, seguiré invocando la esperanza.

A pesar de todo

Me he resistido hasta ayer noche, cinco de octubre de dos mil diez, a participar en cualquier soporte de la red, porque amo el encuentro humano real, no a través de las plataformas tecnológicas. A pesar de todo y, ante la insistencia de algunos amigos, aquí estoy, porque es cierto que lo que gratis se ha recibido gratis ha de darse, y ya no se me ocurre otra forma de brindar la palabra.
Sea pues ésta y desde hoy una ventana a la reflexión. Me basta con seros útil porque entiendo que, al dar este paso, esta boca es ahora más vuestra que mía.