En el gran escaparate del mundo de la oferta y la demanda todo es comprable y vendible y todo es sucedáneo o remedo de cuanto la Vida supo y puso antes de que se nos ocurriera necesitar lo innecesario. Hoy, la voz global, pregonada a través de los aparatos de televisión, cada vez más grandes y multifuncionales, anuncia una verdad postiza que consumimos por anhelo, miedo o costumbre, como si de una mala gripe se tratara. Pero, como toda enfermedad estacional, un día pasará, y entonces los noticieros ya no publicitarán la muerte, la violencia y la destrucción; los bancos devolverán al pueblo su dinero robado; la famosa mano invisible de la economía se inmovilizará por artritis reumatoide; las prisiones y los manicomios serán cerrados y a sus huéspedes les será devuelta la oportunidad de comprender por qué se convirtieron en aquello que llegaron a ser, porque habrán dejado de serlo; no habrá pobres porque habremos entendido que todos somos cada uno y sabremos compartir; tampoco habrá ricos porque el dinero tendrá fecha de caducidad; el cuerpo dejará de ser un objeto estético y erótico; sabremos disfrutar del acto de comer más que de lo que comamos, o sea que comeremos sólo lo necesario y así habrá para todos; no quedará sitio para los olvidados ni los solos porque serán por fin nuestros hermanos; no podrá declararse la guerra porque nadie querrá ni sabrá disparar un arma; habrá una única nación: el mundo, y una sola ley: el amor,… Y tantas cosas más que apenas soñamos ahora pero que llegarán cuando pase la mala gripe, cuando toque, cuando tenga que ser. Entonces se cumplirá por fin la promesa de los hermanos mayores que nos precedieron: los pobres de corazón, alma y bolsillo, por tanto, todos de una u otra manera, heredaremos la tierra. Es decir, será el tiempo de los hoy desheredados. No tardará, pero será cuando toque; antes hay que pasar la mala gripe.
lunes, 29 de noviembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
Drogas, ¿depende? El suculento negocio de lo prohibido
¡Cómo somos! Este mundo tan bien armado es graciosamente perverso. Con una mano nos da y con la otra nos quita; nos narcotiza y pinta de colores la basura más pestilente para continuar aplicándonosla subliminalmente. Hace tiempo que la sociedad civilizada inventó el marquito de lo legal, esa cosa rara que nos dice hasta dónde podemos y hasta dónde no podemos casi todo. Quizás sea porque no acabamos de ser bebecitos nunca y necesitamos que nos digan qué, cómo, dónde, cuándo y cuánto, sin dar opción a nuestra cabeza de dilucidar por sí misma semejantes cuestiones. Resultado: la contradicción global que, en el caso que nos ocupa, se traduce en uno de los debates más hipócritas de la historia. A papá y a mamá le preocupa sobremanera que el niño o la niña se drogue, es decir, que fume cannabis, o que esnife heroína, o que consuma ácidos y todas esas mierditas que los humanos inventamos, mostramos, prohibimos y luego escondemos para que sean buscadas en la clandestinidad. Pero a papá y a mamá no les preocupa en absoluto que el niño o la niña sea un/a alcohólico/a de fin de semana o un/a inhalador/a de monóxido de carbono, quizás porque la estupidez del invento es tan antigua que viene “de serie” en los genes y, del colectivo, transita a través de papá y mamá hasta llegar a los nenes, y todos tan contentos con la mencionada estupidez. Porque, seamos serios, ¿con qué autoridad moral una madre o un padre que se toma sus copichuelas y se fuma sus cigarritos le dice a su niño o niña que se deje de vicios? Un estudio reciente publicado en un periódico de renombre de edición internacional ha revelado lo que ya se había revelado hace tiempo: el alcohol “es la droga” más nociva, la que más vidas mata y la que más fácilmente rompe la estructura del entorno y de la personalidad de un ser humano. Repito, “es la droga”, entrecomillado para que se entienda bien. En el mundo hay 1.300 millones de seres humanos que fuman asiduamente y nada menos que 2.000 millones de seres humanos que beben alcohol con frecuencia. Dicho de otra manera, más de la mitad de la población mundial consume drogas legales. Sin embargo, las personas que consumen drogas ilegales, es decir, ni tabaco ni alcohol sino otras, no alcanzan la cifra de 250 millones. Hay una enorme diferencia, ¿verdad? Sin embargo tenemos la desfachatez y la desvergüenza de estigmatizar a estos últimos con el calificativo “drogadictos”, mientras que todos los demás (en los que debe incluirse, según los especialistas, cualquier persona que beba más de una cuarta de vino al día y toda persona que fume) los consideramos liberales, snobs, modernos, rebeldes,… Pues no lo son, son drogadictos de igual manera. ¿A quién interesa semejante hipocresía? Las arcas de los estados se llenan con los impuestos que generan el tabaco y el alcohol, por eso estas drogas son legales. El resto también llena las arcas de los estados, pero las otras, las oscuras, las que se usan luego para pagar los juguetitos de guerra y conspirar infantilmente contra todo hijo de vecino. Han vuelto a abrir el debate de la legalización de las drogas ilegales, y el miedo, esa basura que todos tenemos metida en el cuerpo, nos impide hacer un ejercicio de reflexión y observación objetiva de la realidad para llamar a las cosas por su nombre. Pues desde esta tribuna digo: “drogadictos del mundo, uníos”. ¿Qué por qué digo esta bobada? Porque lo prohibido es un negocio más suculento que lo no prohibido. Engañaditos andamos. Así que está claro, el debate no es legalización o no de ciertas drogas. El debate debe ser qué esconde la doble moral; qué demonios estamos enseñando a nuestros hijos; que carencias, taras, tradiciones, clichés o prejuicios nos empujan a la droga, a cualquiera de ellas, y, por supuesto, cómo frenar esta deriva humana antes de que nos volvamos todos tontos. Lo siento, hoy me han salido las uñas, pero con estas cosas es que no puedo.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Dios siempre suspende en Religión
Y pasó Benedicto por tierras españolas y yo sigo preguntándome por qué habla de Dios el jefe de estado de un país con semejante poder financiero (las causas contra el Banco Vaticano han sido abiertas otra vez porque, a pesar de que los escándalos de los setenta se destaparon, al parecer nadie aprendió lección alguna y, en los noventa, la lavadora de monedas que es la banca del Papa siguió delinquiendo); ¿y qué tendrá Dios que ver con la Iglesia de Roma? Una pintada en una facultad de la Universidad de La Laguna, en la isla de Tenerife, afirmaba: “aquí no aprueba ni Dios, Jesucristo sacó un 4,5”. Probablemente eso es lo que sucedería si la materia en cuestión fuera Religión, porque si hay algo que impregna a toda clase de doctrina religiosa es la escasez de sentido común, por eso son doctrinas. Gandhi consideraba que la sabiduría eterna está al alcance de todo ser humano pero, mientras los grandes profetas anunciaban la unidad entre el Ser y Dios, vino Constantino y narcotizó a los llamados “padres de la Iglesia” hasta hacerlos caer en la tentación del poder, y así los seguidores, más de Pedro y Pablo que de Jesús, comenzaron a disfrutar de “nombres y apellidos”. ¿Y qué tendrá que ver el Evangelio de Jesús con la Iglesia de Roma, con el Papa y con la multitud de papistas que velan con obsesión para que los principios contradictorios e incoherentes de la inquisitorial Congregación para la Doctrina de la Fe no se muevan ni un ápice? ¿Por qué los humanos tenemos la fea costumbre de beber “agua embotellada” en lugar de “acudir a la fuente”? Las religiones están pobladas por copistas, es decir, personas que copian la experiencia de otros que dicen haberla tenido. No acuden a los textos, no apelan a su conciencia; repiten lo que oyen y consumen preceptos sobre los que no reflexionan. Y todo por la infantil amenaza del fuego eterno (¿no es Dios Amor?). Los hay que salen del círculo y se van al otro extremo, es decir, no salen en realidad de ningún lado, sino que ejercen de opuesto porque la otra parte los necesita así también y, como tales, los sigue utilizando; y ahí andan, gritando contra la moral sexual de la Iglesia Católica y contra todo lo que de ésta les incomoda. Si no les gusta, ¿por qué no se van y ya está? ¿Quién les obliga a quedarse? ¿Qué torpe y egoísta pretensión es ésa de que todo se adapte al parecer de uno para que no se le quiebre la conciencia? Pero lo que sí me duele y preocupa es la osadía con la que el Evangelio sigue siendo secuestrado cada día y, apelando a él, se miente, se manipula y, por qué no usar la propia jerga católica, se peca. Y asusta, al menos a mí, ver a tantos cientos de millones de seres humanos que creen sin más, que han asumido la tan traída y llevada falacia de que la fe es un don de Dios sin pararse a pensar que es difícil creer que Dios tenga que ver con algo que se sostiene sobre un cúmulo inmenso de contradicciones. Pero, claro, es que, en el caso de la Iglesia Católica, mucho hay en juego si se cae el velo de los ojos del pueblo de Dios, que no es de Dios por católico sino que es de Dios por ser pueblo y el mismo Dios a un tiempo. “Ay de vosotros, que cerráis a los hombres el Reino; ni entráis vosotros ni dejáis entrar a los demás, guías ciegos”, gritaba Jesús a los escribas y fariseos. ¿Cómo puede afirmarse que Dios está en todas partes y luego venerarlo contenido en una oblea? ¿Cómo puede conciliarse la humildad y la pobreza con la pompa de un estado, el lujo y las finanzas? ¿Cómo puede anunciarse que Dios es Amor y al mismo tiempo juzgar y condenar? ¿Cómo se puede repetir hasta la saciedad “amarás al prójimo” y simultáneamente bendecir la guerra a lo largo de los siglos? ¿Cómo se puede apelar al perdón y luego apartar y silenciar a quien disiente? Toda doctrina, puesto que es “materia que debe creerse”, niega la libertad del Ser y, por tanto, la unidad de éste, su totalidad, su “ser en Dios” al que se refería Pablo; toda religión es, por tanto, blasfema. Por referirme a una de tantas expresiones religiosas, en este caso al cristianismo y, concretamente, al catolicismo, afirmo que el Evangelio de Jesús es tan terriblemente claro y sencillo que nadie que lo lea de veras, no con la memoria que repite lo que otros leyeron, sino con plena atención, puede permanecer ajeno a su mensaje y, menos aún, permanecer impasible ante la gran impostura que las religiones jerarquizadas sostienen. Otra vez los “ismos” aparecen para estropearlo todo, porque nos hacen olvidar que la santidad es una vocación universal, porque ser santo sólo es ser genuinamente humano, es decir, tal cual somos verdaderamente, no aquello en lo que nos hemos convertido por causa de este mundo de taras colectivas; y de eso todos somos capaces, como anuncia Suzuki, el gran maestro Zen. Las religiones pintaron a Dios una gran barba blanca, lo jubilaron y lo mandaron al cielo, separado de la vida. Pues, a pesar de la historia, del Islam, del Cristianismo, del Budismo, del Hinduismo, de los patriarcas, de los rabinos, de los ayatollah y del mismísimo papa de Roma, yo me voy de regreso a la fuente de la que mana el agua fresca de la Vida. Quien me quiera acompañar será bienvenido. Pero, lo advierto, será necesario ser cautos porque “muchos dirán que vienen en su nombre y a muchos engañarán“ (Mt 24, 4-5).
lunes, 1 de noviembre de 2010
La Merienda
Mientras degustaba el chocolate caliente y conversaba alegremente como si en el mundo todo fuera luminoso, se acercaron a la mesa hasta tres personas ofreciéndonos diversas bisuterías a cambio de unas monedas. Uno de ellos se llamaba Tony y, como en otras ocasiones, hoy también era su cumpleaños y volvía a cumplir veintitrés y le bastó el resto de una nata mal comida por la señora de la mesa de al lado para sentirse feliz. “Son maestros”, me dijo mi amiga con sus ojos brillantes; y yo la creí. Llegaron allí en nombre de muchos, de millones, de miles de millones que no pudieron compartir con nosotros aquel chocolate, ni su calor, ni su olor, y nos supimos, de pronto, presos en un mundo tan lleno que no alcanza a ver que le falta lo más importante. Gracias a esos maestros no se nos indigestó la merienda; pero nos prometimos no repetirla, al menos así. La próxima vez, cuando mi amiga y yo volvamos a compartir cualquier comida, seremos disciplinados, es decir, haremos lo que es justo hacer cuando se come: tomar conciencia del alimento, del privilegio de poder comer y no frivolizar con artificios ni excesos para, de ese modo, hacernos un poquito ellos, esos muchos, millones, miles de millones que no tienen ni lo que despreciamos nosotros. Ya está bien de comernos y bebernos lo que tantos no pueden y necesitan, que hay pan para todos y lo que falla es el reparto. Mundo loco… ¿Cuándo tendremos el coraje de darle la vuelta?
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