Qué fácil se ha convertido el miedo en una forma de existir. Ocurre igual con la somnolencia colectiva, la que nos merma la vida, que empieza a ser un eco lejano en el bullicio de este mundo patas arriba. Este tiempo debe dejar ya de ser la era de los dictadores, de los salvapatrias, de los profetas del fin que anuncian desastres y despertares al unísono con un rostro y con el otro juegan al engaño; la era de los banqueros que gestionan el gigante y consentido robo legal del monstruo financiero, de los políticos de profesión, de los mandatarios vitalicios, de los gobiernos pantalla que ocultan comunas de bárbaros dispuestos a casi todo con tal de engordar su tripa egoísta, de la farsa escupida a través de la pantalla del televisor, de la estupidez hecha moda en atuendos, maneras y frivolidades múltiples; debe dejar de ser la era de la ruptura, del hambre, de la sed, de los narcóticos socioculturales, de la dominación de los mismos de siempre que creen que deben seguir siendo los mismos, de las elecciones estafa, de los votos repartidos entre tres golosos a los que nunca se les atraganta la tarta, de las leyes multiplicadas que nos hacen idiotas porque por algunos ruidosos se juzga a la mayoría; debe dejar de ser la era de la vergüenza, de la insensatez, del quítatetúpaponermeyo, de los billetes de quinientos desaparecidos, de los chorizos con traje y corbata, de los acomplejados que usan un sillón con membrete para resarcir su mediocridad, de los que quieren ver siempre su cara en la foto y en el cartel, de los imitadores de la nada que sólo aportan eso mismo, nada,… Este tiempo debe dejar ya de ser la era de la inconsciencia. Y porque no somos sonámbulos es preciso alzarnos en revolución, pero una nueva, distinta, que antes de cambiar estructuras externas transforme las internas, es decir, que empiece en el pecho de cada uno, se expanda hacia más allá de la piel y no halle final. Será la revolución más poderosa y genial porque en ella, con ella y desde ella se reivindicará sólo una cosa: nuestra dignidad, porque en algún momento del cuento la perdimos, o se nos quitó de las manos. Y claro que en esta revolución podremos alzar la voz y salir a la calle, pero lo haremos para gritar que somos capaces, que no necesitamos líderes marionetas, que no queremos ver más de ocho años a la misma cara hablando en nuestro nombre ante el resto del mundo, que el que quiera ser político debe antes aprender a servir, que el sistema financiero debe transformarse en un gran mecanismo de reparto de la riqueza, que la banca debe ser extinguida de la faz de la tierra y antes devolver su poder a los pueblos y el dinero que robó a sus víctimas, que la guerra debe quedar prohibida y todo el que empuñe un arma debe ser atendido en una institución psiquiátrica, que el dinero debe tener fecha de caducidad para que no sea sinónimo de dominio, que todo ser humano debe poder comer, que todo ser humano debe poder sentirse libre, que todo ser humano debe poder aprender, desarrollarse, tener un hogar, un sustento, salud, futuro,… Por eso será la revolución más poderosa y genial, porque será la revolución de la dignidad, eso tan preciado que teníamos y que en algún momento del cuento perdimos o nos quitaron de las manos.
Está tan al alcance que seguro que somos capaces. Adelante.